Dicotomía en la forma de estado: ¿monarquía o república?
Nuestra monarquía parlamentaria no es responsable de la situación política y económica del país ni del tejemaneje de los políticos. El rey presta servicios como estandarte, sostén del Estado de forma simbólica. No interfiere, tan solo arbitra; no gobierna, tan solo representa. Únicamente podría ser censurable que el cargo sea por legitimación dinástica o tradicional. Si bien Juan Carlos I fue designado por el anterior jefe de Estado en un régimen no democrático, ha demostrado estar a la altura de las circunstancias, no así los políticos quiénes se han erigido en casta con privilegios desmedidos, prebendas que ellos mismos se hicieron a costa de nuestra inocente delegación en la confianza depositada en ellos.
El monarca es el garante del bien para el país, pues presta un servicio intrínseco, sin servilismos ni intereses partidistas. Sin embargo, muchos políticos e incluso presidentes de gobierno nacional o autonómico, anteponen su interés particular o partidista antes que el bien común. Es por ello que España no necesita una república, sino una monarquía que trabaje para el bien de España a largo plazo, desde una acomodación al puesto que vaya por el interés general. Eso está bien definido en las formas puras e impuras aristotélicas y se entiende porqué la república es una forma impura, mientras que la monarquía, no lo es.
No obstante, el régimen parlamentario actual no es nada democrático, no por culpa de la monarquía sino por las castas políticas, quiénes ostentan unos privilegios que no merecen y que hace que la ciudadanía vaya aborreciendo este sistema. La culpa de la crisis económica, del malestar social, de la precariedad, de la persistencia del sentimiento de "país de pandereta", no la tiene la monarquía, sino que la tienen unos miserables políticos que anteponen su lucro, su egoísmo y su lenguaje oscurantista y mentiroso para engañar a la población y no permitir su progreso, independientemente de la ideología de cada partido.
Comparando la monarquía y la república al servicio de un país como si se tratase de una empresa, es claro que el monarca trabaja a largo plazo, anteponiendo el bien verdadero para la nación, porque es su interés dada su permanencia vitalicia. Un monarca no tiene que rendir cuentas a una ideología, ni a un partido, ni a entes de presión que le sustenten sino a un servicio verdadero por un país. Un monarca no trabaja porque los asuntos de la nación discurran para favorecer el corto plazo de permanencia de un partido en el poder, sino que está presente mucho más tiempo, lo que le confiere verdadero sentimiento de bienhacer. Y si además, un monarca es preparado para ello, aunque sea por razones de cuna, le confiere la categoría de persona experta, preparada, eficiente, competente, dispuesta a realizar su labor con abnegación y con total servicio a la causa, hecho que a un presidente de república no le ocurriría.
El Estado-Nación, como idea aparecida con el surgimiento de las monarquías europeas, es anacrónica, bien es cierto, para el pensamiento anarcocapitalista, pero eso no quita que la actual monarquía parlamentaria no sea un sistema válido en una transición lenta hacia el paraíso mundial de un mundo sin fronteras ni estados. Como buen liberal y defensor de la desaparición del Estado a muy largo plazo, también entiendo coherentemente que estas ideas no pueden ser defendidas con el ataque frontal a nuestra monarquía parlamentaria, pues ello conllevaría un mayor caos, descontrol y abuso de nuestra casta política. La república en este país nos haría más daño aún del que existe por la corrupción, dado que sin el arbitrio del monarca, aún zozobraríamos más entre el lodo de las ambiciones políticas desmedidas en intentar proclamarse presidente de la república.
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