Irlanda juega con nuestro futuro
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El próximo jueves 12 de marzo los irlandeses están llamados a las urnas para votar en referéndum sobre el Tratado de Lisboa, el último intento de los polÃticos europeos para encauzar el futuro próximo de la UE. Después del fracaso de la fallida Constitución común que fue rechazada por franceses y holandeses, los Gobiernos de los Veintisiete se reunieron en la capital portuguesa y alcanzaron un nuevo consenso, aparentemente satisfactorio para todos.
Más de una decena de socios han ratificado en su Parlamento el acuerdo pero hay un pequeño problemilla, Irlanda tiene una Ley que obliga a que este tipo de tratados internacionales sea aprobado en las urnas. Hasta hace apenas un mes, esta consulta parecÃa un mero trámite, puesto que los partidarios del Sà eran claramente mayoritarios, pero en las últimas semanas parece haberse revertido la tendencia y las últimas encuestas auguran una victoria del No.
Según publica El PaÃs, Enrique Barón, eurodiputado y ex presidente del Parlamento Europeo, disgustado por lo que puede ser un nuevo parón en el proceso de construcción de la UE, señaló que "no tiene sentido someter este tipo de procesos del que dependen casi 500 millones de personas a la ruleta rusa". Yo no he leÃdo el Tratado de Lisboa (y como en España parece que se aprobará por la puerta de atrás del Parlamento, no creo que tenga ocasión de conocerlo a no ser que me lo baje de la página web de la Comisión o de la Eurocámara, cosa que no pienso hacer), pero lo que me inquieta no es su contenido, sino la actitud de los polÃticos europeos respecto al mismo.
Los mismos que quisieron colarnos una Constitución de matute y se enfadaron cuando los ciudadanos les dieron la espalda, firman ahora un acuerdo sobre las materias similares e intentan sacarlo adelante sin hacer demasiado ruido, no vaya a ser que nos enteremos. Es más, cuando las circunstancias les obligan a retratarse ante sus ciudadanos se enfadan (lo de llamar "ruleta rusa" a la opinión de la mayorÃa de los irlandeses no tiene desperdicio) y piden un cambio en la normativa que evite este tipo de situaciones.
Vamos, que parece que lo que al señor Barón y a otros destacados miembros de PapáEstado les molesta es que no les dejen hacer lo que les venga en gana desde Bruselas sin ninguna clase de traba. Si las terminales nacionales de Papá son peligrosas y difÃcilmente controlables (una vez cada cuatro años en el mejor de los casos), las europeas alcanzan lÃmites casi inimaginables. Por eso gozan de un desprecio cada vez mayor de sus ciudadanos. La UE es una creación polÃtica que, bajo la fina capa de una idea atractiva (crear un espacio común en Europa en el que cooperar y crecer juntos), esconde una realidad en la que se mezclan un mÃnimo control polÃtico y mediático, grandes presupuestos poco fiscalizados, lejanÃa de las decisiones respecto a los afectados y oscuridad sobre los procesos de aprobación.
Los irlandeses han decidido jugar con todo esto. Aunque sólo sea por el placer de leer el enfado del señor Barón (y de otros muchos euro-burócratas como él), me hago desde ahora miembro de su equipo, pido la pelota y abogo por un poquito de tiki-taka euro-escéptico.





