Un hombre, un voto, un dólar
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Libertad, democracia, igualdad... A la vista de los últimos comentarios publicados en esta página, parece que las grandes discusiones sobre los grandes temas siguen estando más vigentes que nunca. En algunas de estás aportaciones hemos podido comprobar como, en el lenguaje políticamente correcto que nos invade, se suele contraponer al Estado como reino de la libertad, donde todos los hombres son iguales, frente al Mercado, considerado mayoritariamente como el coto privado de los poderosos, que lo utilizan para dominar a los más necesitados. (1)
No voy a negar que la democracia (la verdadera, que lo que tenemos ahora en España es sólo una mala copia) sea necesaria. Nadie tiene derecho a imponer a los demás su visión del mundo y la mejor manera de decidir quién debe regir nuestras vidas y quién debe tener los resortes del poder es una votación libre, universal y abierta. Sin embargo, en los últimos años se ha impuesto en la opinión pública el integrismo democrático. Según esta teoría (no enunciada de forma explícita, pero que dirige las argumentaciones del progresismo liberticida) las decisiones mayoritarias son siempre buenas porque tienen la legitimidad de la mayoría. Esto es absurdo, porque si toda la sociedad votase por el nombre que yo debo poner a mis hijos, la decisión sería democrática, pero atacaría mi libertad de forma intolerable.
Ni un voto debe servir para todo, ni el dinero debe ser la medida del valor de una persona. Pero la mala prensa rodea al segundo y ensalza al primero. Espero que las siguientes líneas ayuden a ver toda esta cuestión con algo más de perspectiva:
** Opciones: Cuando acudimos ante la urna, normalmente nos encontramos con no más de tres o cuatro opciones diferentes entre las que escoger. Nuestro voto sólo será útil si va dirigido a alguno de los partidos con posibilidad de obtener representación parlamentaria. Las discusiones surgidas en PapáEstado sobre la conveniencia de votar o no al PP para parar al PSOE ilustran mejor que cualquiera de mis argumentos la falacia de la libertad total del sistema democrático. Ante el expositor de un supermercado, nuestro dólar tiene infinitas posibilidades hacia las que dirigirse y puede, incluso, abstenerse sin que ello repercuta en nuestras vidas.
** Negociación: No conozco a nadie que, antes de votar por alguno de los dos partidos con posibilidades reales de victoria haya tenido la oportunidad de negociar con ellos las condiciones de su apoyo (algo así como, “te voto si a cambio me prometes que aprobarás esta ley que yo considero necesaria”). La democracia plantea el voto como un “lo tomas o lo dejas”. Por el contrario, el dinero siempre puede gastarse después de una negociación (o de una búsqueda de las alternativas posibles, que no todas las tiendas tienen el mismo precio o condiciones) en la que el consumidor tiene el poder hasta el momento del pago. El dólar decide así, si las condiciones le gustan o no, y puede intentar modificarlas.
** Utilidad: En España no es forzoso acudir a las urnas pero sí lo es aceptar el resultado que de ellas emane. Así, no votar o votar por un partido que no saque representación parlamentaria simplemente provoca que nuestra decisión no valga para nada. Como bien saben los votantes de Rosa Díez que no viven en Madrid, sus votos no han servido más que para ayudar al partido mayoritario en su provincia. Esto no ocurre con nuestros dólares. Aunque tengamos la sensación de que comprar una lata de Coca-Cola o de Pepsi no es una decisión importante, lo cierto es que optar por una u otra tiene un reflejo (pequeño, pero real) en su cuenta de resultados. Cada centavo que gastamos en un producto nos produce utilidad (por eso lo gastamos), a cambio de un beneficio para el proveedor (el comercio libre es siempre un juego gana-gana).
** Reclamaciones: Los políticos suelen afirmar con su habitual rotundidad que ellos están sometidos al "escrutinio ciudadano". Así, cada cuatro años se presentan al "examen de las urnas" para saber si aprueban. Dejando a un lado que este examen es muy relativo (ver apartado opciones) es curioso que una decisión que sólo se puede tomar cada cuatro años se considere como el máximo ejemplo de control. En realidad, nuestro voto no controla demasiado y, en el momento de emitirlo, perdemos casi todo nuestro valor. Así, si un partido te decepciona o te engaña, tu única posibilidad es esperar cuatro años y rezar porque tu nueva elección sea mayoritaria. Evidentemente, Coca-Cola sabe que su relación con sus clientes no es así. Si no te gusta el sabor de una lata o de la nueva variedad de esta marca ya sabes lo que hacer: gastar tus dólares en otra cosa. Y lo puedes hacer cinco minutos después de haber comprado la anterior.
** Los Poderosos: El mejor argumento a favor de la política suele ser su carácter igualitario. Así, los partidos se arrogan la representación ciudadana y el cuidado del hombre de la calle frente a los ricos y los más fuertes. "Tu voto vale lo mismo que el de Emilio Botín", suelen argumentar los defensores de la democracia total. Sin embargo, sólo los muy ilusos creerán de verdad que su opinión tiene el mismo valor para PP o PSOE que la del presidente del Banco Santander. La capacidad de influencia de los poderosos en los partidos y las instituciones es muy superior a la de sus vecinos, y la ejercen con profusión. De esta manera, las opiniones de los más fuertes influyen en nuestras vidas sin que podamos hacer nada. En la tienda de la esquina, seguramente Emilio tendrá más peso que un humilde albañil, pero con una diferencia: lo que compre aquél o lo que le guste, no tendrá ningún efecto sobre los dólares gastados por éste o sobre su libertad de elección.
Como dije al principio, no quiero hacer una refutación del sistema democrático. Creo que libertad y democracia están (o deberían estar) unidas. Pero lo que no es razonable es que alguien, por tener el 40% de los votos de un territorio, se erija en organizador de nuestras vidas. No confundamos democracia con dictadura de las mayorías. Los derechos de una persona son suyos y no del Estado, y ni siquiera el consenso del 99,99% de sus vecinos sobre cómo debe organizar su esfera privada debiera obligarle a cambiarla.
(1) Con este mismo título, Estado contra mercado, escribió un ilustrativo libro el profesor Rodríguez Braun (creo que su obra ya ha sido elogiada en otros comentarios de este web). Intentaré glosarlo en la sección de críticas de libros, pero me gustaría dejar claro aquí la deuda de muchos de mis argumentos con sus enseñanzas.





Votos y dólares
Un breve comentario al interesante artículo de Mercurio. Creo que nuestro articulista de una forma u otra, hablando, claro, desde una perspectiva netamente liberal, acaba exponiendo aquello que nos puede unir a todos los que participamos en este foro. Y esta cuestión no es otra que la que todos, diariamente, notamos en nuestras vidas: en España empieza a existir una falta preocupante de libertad personal (la falta de libertad del empresario que no consigue rendimientos de su empresa, la falta de libertad del joven y precario asalariado que no obtiene una vivienda digna, la falta de libertad en el uso de los recursos propios y ajenos, etc.). Parece que los españoles sentimos cotidianamente como esferas de nuestra autonomía, de nuestro entorno más cercano, empiezan a estar constreñidas, reguladas, o lo que es peor, generalmente institucionalizadas por pensamientos uniformes, quizás por modas. Parece que existe un retroceso a la imagen del hombre (la mujer) solo o sola que no puede desarrollarse con plenitud, ser libre, al fin.
Como es obvio, lo que nos diferencia es la identificación de ese "enemigo" al que acusamos de nuestros males, en vuestro caso es el Estado, y en el mío, desde otra perspectiva, y "conociendo el caso español", lo extendería a otros actores, y no precisamente al Estado, que como ente político y regulado por el Derecho no posee unas virtudes tan amenazantes como vosotros indicáis. En este comentario explicaré cuáles son aquellas "tendencias" que también nos limitan, aparte del Estado.
1. Y en este análisis hay que hacer acopio de memoria. Me duele dar en parte la razón a Yamanmardan (sobre todo por sus insinuaciones y molestos comentarios hacia mi alter ego rodolforequena), pero sí coincido con él, en que puede existir una transición incompleta en España, desde un régimen autoritario a una democracia bastante imperfecta, todavía muy inmadura, con mecanismos inoperantes (Ley D´hont, listas cerradas, etc.). Además, es cierto que la Transición dejó sin cerrar algunos problemas centenarios en la historia de España (autonomías, fueros, repartición de la tierra, etc.), un período histórico que se ha magnificado, y que si somos cautos no se realizó con la suficiente perseverancia, dado que actualmente no existe un consenso generalizado sobre lo qué es España para la mayoría de los españoles. Tras la transición llegamos al acuerdo de no matarnos entre nosotros a partir de una monarquía parlamentaria con un tipo de estado unitario, pero cuyos rasgos federalizantes podían llegar a superar a las características de un propio Estado Federal, como así ha sido, y con una prebendas autonómicas, que sobre la ley, podrían asegurar la plena autodeterminación de algunas partes de España. Aunque tampoco creo que exista una continuidad absoluta entre el régimen franquista y la democracia juancarlista (como es la opinión de García-Trevijano, y la motivación “supuesta de Yamanmardan”), creo que esta compleja composición del sistema político español, ha llevado a la situación de que siendo sinceros "aquí no haya Dios que se entienda", y de ahí la inseguridad de los legisladores, que promulgan leyes contradictorias, en las que muchas veces se pierde el norte, no se sabe adónde se va, la ley aparece y desaparece, en la mayoría de los casos por efectos mediáticos y promocionales. En segundo lugar, esta inmadurez democrática se asienta en la propia formación de los españoles (sobre todo de sus élites políticas, al margen del partido), desconocedores de lo que significaba la democracia hasta 1978, (al contrario de la mayoría de los países europeos occidentales durante el siglo XX, también una mayoría de los del centro y este de Europa). Todavía creemos que regular es censurar, y claro quien regula es el Estado. No veo ninguna limitación en mi libertad personal a que no se me permita fumar el trabajo (además se sigue fumando), a que se conciencie a la población sobre la importancia del respeto al medioambiente (no se trata de un opio), ni que en momentos de carestía se incite a la población al ahorro de agua. En esto nos sale el orgullito patrio, “de a mí nadie me dice lo que tengo que hacer”, y menos un estado al que pago unos tributos. Estas leyes no son malas, lo peor es que sean promocionales, de moda, efímeras. Tan pronto se regula sobre las licencias de los bares, como sobre los requisitos para asistir a los colegios. Y esto se hace así, porque el Estado español no ha llegado a encontrar su “contenido”, pero a la vez, no invalida la necesidad de un Estado que extienda sus competencias más allá de una concepción básica del Estado Liberal. Esto es aún más necesario cuando España no dispone de la fortaleza suficiente en el mecanismo de la ley de la oferta y la demanda, como para dejarlo todo a la economía de mercado (o ea xtenderse más de la raya). En definitiva, necesitamos un Estado que controle con mesura, con legitimidad democrática, porque por mucho que creamos lo contrario: “el horno no está para bollos”. Y que conste que está frase no implica el paternalismo estatal, ni una postura reguladora de los deseos de los ciudadanos, tratándoles como ganado.
2. Mercurio profundiza mucho en la "falta de participación ciudadana", un problema extensible a otras democracias europeas. Sí, parece que el Estado no nos asegura ni la participación, ni una libre elección, pero comparar la elección política con la económica, aunque lo diga Rodríguez Braun, puede incurrir en otras circunstancias no menos perjudiciales. Más aún en una España en pleno proceso de maduración política, y donde la confusión puede alterar los ánimos. Mercurio dice "nuestro dólar tiene infinitas posibilidades hacia las que dirigirse y puede, incluso, abstenerse sin que ello repercuta en nuestras vidas". En todos los países desarrollados nuestros Estados se asientan en dos paradigmas: uno económico "economía de mercado o economía mundo (ley de la oferta y la demanda)" y en lo político (la democracia). Parece que existe un movimiento pendular entre estados donde prima más la ley de la oferta y la demanda, y otros en los que Estado preside el control de la economía y la política. Quizás el estado en el que con más intensidad se siente y presiente el juego de la oferta y la demanda sea en los Estados Unidos de América, cuyos ciudadanos, en muchas ocasiones se han erigido como los individuos más libres de la tierra. Y hay que reconocer que la capacidad para obtener recursos, mejorar en la escala profesional y aumentar las posibilidades de ampliar “perspectivas” puede ser una virtud de este pueblo. Pero también hay que indicar que EUA ha extendido este juego de la oferta y la demanda a otros lugares del mundo, y que en este caso “su política exterior” ha sido un instrumento para perpetuar su preeminencia en la economía-mundo, también a partir de alguna intervención armada en los límites (o fuera) de la legalidad. Todo esto es una cuestión moral, pero, yo si fuera ciudadano de los EUA prefería ver mermada mi capacidad económica, antes de que mi Estado realizase incursiones militares, y pudiese llegar a matar a algún niño de un país centroamericano para asegurarse el control de algún recurso, o la estabilidad (alianza política) de algún país en vías de desarrollo. Por supuesto, también hay otros ejemplos más suaves que demuestran que un Estado Liberal, tal como parece plantearse en esta página, tiene visos de no existir en el conjunto del planeta. Porque todos los Estados regulan (también EUA), frien de impuestos a sus subditos, afectan a la vida cotidiana. Y eso del Estado Liberal podría convertirse en una utopía parecída a la utopía socialista. Por eso rebato afectuosamente a Mercurio en esa comparación que realiza entre el voto y el dólar, y en esa frase concreta que dice “(el comercio libre es siempre un juego gana-gana)”. Y esto es aún más cierto en una sociedad mundial globalizada, donde lo que uno hace, también le pesa al otro. En cualquier caso, yo tampoco rechazo las evidentes bondades del dólar, de la económica del mercado, pero si por mi fuera, preferiría tener muchos votos a unos cuantos dólares.
3. (Y final). No creo, que en España, una reducción del Estado en sus funciones y competencias vaya a asegurarnos una mayor libertad personal, en general, pienso que aquí no está el “cogollo del problema”. Se trata de una cuestión más profunda, más bien histórica, (y aún intrahistórica) también transnacional, que empezaría por resolverse, entre otras muchas cosas, por una regeneración de la clase política española (su efectiva concienciación como servidores públicos), un ánimo optimista por parte de la ciudadanía en aprovechar la oportunidades de las que disponemos en una sociedad democrática y un carácter beligerante y a la vez cordial en contra de los excesos del Estado y del mercado, así como en una cierta identificación con los problemas de los otros, que a la vez, de una u otra forma son los nuestros.
Votos y dólares II
Algunos comentarios a datos concretos del artículo de Mercurio:
I. Negociación: Es cierto que en España existe un bipartidismo de hecho, pero no por culpa del Sistema Electoral. No del todo. Se trata de una dinámica habitual, también en un sistema presidencialista (de segunda vuelta), los votantes se ven obligados a elegir a dos candidatos, aunque ninguno de ellos les guste. En este caso, la discriminación se realiza previa votación, aquí en España jamás la necesitaríamos, porque la habitual división entre izquierda y derecha ha servido para que no sea necesaria. Esta división ideológica, que en el sentido teórico carece de sentido, ha sido promovida por toda nuestra clase política (por parte de uno u otro grupo). En definitiva, no creo que dispongamos de una votación sobre el papel, en la teoría, menos libre que en otros países. Lo único que pasa es que la fidelización del voto está mucho más acusada que en otros países.
II. Utilidad. Me parece que algunos votantes de partidos nacionalistas no pensarían lo mismo que Mercurio. El voto a CiU y al PNV ha sido muy interesante en la mayoría de los gobiernos para apoyar a una u otra región de España, (Mercurio mismo lo dice), pero esto tiene poco ver con que el Estado sea más o menos liberal, depende sólo del tipo de estado que nos hemos dado en la Constitución. No de que sea liberal o no.
III. Reclamación. Es cierto que es muy difícil "pedirles cuentas a los políticos", pero en un estado no liberal, es más fácil que exista una sociedad civil más comprometida por lo político, no hablo de los lobbys de la sociedad estadounidense (que suelen tener intereses muy concretos), hablo de movimientos civicos de la sociedad civil (que en algunos países europeos, suelen influir tanto o más que los partídos políticos). Como en España la sociedad civil no existe con la misma estructura y fuerza que en Finlandia (Estado de Bienestar, nada Liberal) o Alemania, pues eso, así estamos.
IV. Los poderosos: En este caso, creo que el apoyo recíproco políticos/poderosos es mucho más habitual en una democracia liberal. Los políticos suelen tener bastante menos dinero que los empresarios, y de forma más acentuada en los países donde casi todo es economía de mercado. En España tenemos pendiente una revisión de la ley de financiación a los partidos.
y V. Democracia, es cierto que en España el que gana, lo gana casi todo, por la falta de división de poderes. Una ganancia, sin embargo compartida, desde mi punto de vista de forma negativa, con algunos partidos "minoritarios". Más bien, el que pierde (PP o PSOE), lo pierde casi todo, y esto exarceba más el bipartidismo, y sobre todo la diferencia entre niveles de gobierno (local y autonómico), que se dedican a hacer oposición desde lo local o autonómico. Pero como antes dije, esto tiene poco que ver con la corriente ideológica del Estado (más liberal o menos), sino con el caso específico del Estado que nos dejó la Transición (más federalizante, que centralista).
LUEGO ENTONCES, SIGAMOS COMO ESTAMOS
Brillante y muy profesional defensa del status quo actual.
Y más brillante conclusión todavía: "Como en España no se vive en ningún sitio... que todo se quede como está."