Historia de la crisis económica como nadie se la ha contado
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Ahora somos bombardeados continuamente desde todos los medios de comunicación de los peligros de la economía de mercado. Normalmente los críticos son analfabetos funcionales en terminología económica, frecuentemente son catedráticos en derecho, afamados filósofos o botarates como Pepiño Blanco que un poco más y no sabe hacer la O con un canuto (intentó estudiar varias veces Derecho, pero no pasó de 1º), pero saben propagar la ideología vomitiva borreguil que la gente lee creyéndosela.... Nos intentan vender que los políticos son nuestros salvadores, porque han intervenido en la economía presumiblemente para estabilizarla, pero el fin es otro mucho más simple: financiar a los bancos a costa de robar recursos a los contribuyentes y a las empresas, vía impuestos, cuando la liquidez, lejos de aflorar en la economía real, sirve para tapar los agujeros de los no tan abultados beneficios bancarios como en años precedentes. Nos engañan con términos como neoliberalismo, un capitalismo que en las formas defiende el liberalismo clásico pero en el fondo se comporta como un capitalismo plutocrático de Estado, y en verdad, es criticable, pero es fruto de esa inmiscuencia política nefasta que surgió desde que se fundaron órganos como la Reserva Federal allá por 1.913, cuando nos mataron el laissez-faire, la libertad económica y la confianza en el patrón oro, donde los bancos emisores iban sacando dinero al mercado a un ritmo muy semejante al del aumento de las reservas de oro. Si un banco violaba este principio y emitía demasiados billetes no respaldados por oro, se le retiraba la confianza y, en el peor de los casos, tenía que cerrar. Eso era transparencia de mercado. Luego vino Keynes con su “Estado del malestar” que con sus teorías puestas en práctica larvaron a largo plazo unas crisis económicas sin precedentes a finales de los años 70, con acuñación de términos desconocidos como la estanflación, que a punto estuvo de tumbar el sistema de no haber sido por un retorno al abandono intervencionista del Estado protector en países como EEUU y Gran Bretaña, que lograron bajar la inflación de dos dígitos en base a recortar impuestos, pero de eso nadie se acuerda. ¿Quién ha originado la crisis actual? Desde mi punto de vista, los artificios de unos tipos de interés ultrabajos que desde hace 8 años fomentaron la burbuja que acaba de reventar y que era predicha desde hace tiempo. Y esos tipos de interés están regidos por un organismo gubernamental, dícese independiente. En una palabra, la crisis no ha sido provocada por el libre mercado, porque el mercado nunca ha sido libre y la democracia que estamos viviendo últimamente con una clase política corrupta y entregada al partidismo demagógico bien podía ser sustituida por una aristocracia (gobierno de los mejores, otra de las formas puras aristotélicas) tecnocrática desinteresada comandada por el ciudadano libre, arrinconando la política intervencionista a las tertulias de gente de letras, iletrados en la conducción de la economía y que nos dirige hacia el desastre y a la hecatombe de la incompetencia. El trasvase de dinero del contribuyente para financiar el desaguisado montado supone un recorte en la renta real que frena el consumo y hace que aumente el paro porque las empresas no pueden producir para no vender, mientras que los bancos animados por el ambiente pesimista usan esa financiación pública para alargar el inicio de la liquidez prestataria, que no pueden traspasar al ciudadano ni a la empresa porque no hay garantías, y mientras la desconfianza crece y aumenta, pese a los millones dejados en la cuneta de la inoperancia gubernamental global, la bola de nieve va haciéndose cada vez mayor. El mundo no necesita Estados fuertes, lo que necesitaría es que los gobiernos intervinieran menos y dejaran de inmiscuirse y que las empresas que triunfasen en el mercado fuesen las dirigidas por hombres de talento y no por el amiguismo de capitalismo de estado vigente. El mundo necesita matar la política malsana, para que no se vuelvan a producir ciclos económicos perniciosos. El mundo necesita equilibrio y los políticos crean desorden con sus regulaciones y sus contraregulaciones. Y en eso consiste esta revolución silenciosa: el descrédito a la política como institución perversa que desde el monopolio incompetente redistribuye recursos y asigna partidas sin tener una idea clara de lo que maneja, siendo el mercado libre en consonancia con el libre tránsito de mercancías a nivel global el único que podría equilibrar el desorden creado.




